De la libertad del Surf a las cadenas de las marcas

Una bonita foto en el instagram, después de surfear al atardecer

En busca de la moda perfecta

Desde el inicio de cualquier movimiento social y sobre todo a partir de los años 70, surge una sombra para aprovechar que el tren está en marcha para subirse, el problema de esta sombra es que la mayor parte de las veces hace descarrilar el tren.

Llevo únicamente 14 años haciendo surf, pero creo que ha sido tiempo suficiente para darme cuenta de que hay distintos tipos de personas que “hacen surf”.

A mí, sinceramente, no me disgustan e intento no criticar a las personas que entienden el surf de forma distinta a la mía, pero la categorización de los grupos por la definición individual supone la destrucción absoluta de cómo cada uno vive el surf.

En otras palabras, me pone negro que haya personas que se digan surfistas por seguir determinados cánones estéticos, incluso por meterse en el agua con la tabla de vez en cuando, hasta aquellos que surfean verdaderamente bien, cuando han deshecho todo lo que el surf representa o al menos hace tiempo representaba.

Tienda KINGS en Corralejo

De fabricar con tus manos tus quillas a comprar tecnología punta, el sistema y sus reglas

El Surf nació como protesta

Si nos vamos al inicio del surf moderno, antes de los años 60 vemos que, en EE. UU, el surf era una actividad marginal y constituía en sí misma un acto de protesta contra el sistema, por la búsqueda de la conexión con la naturaleza.

Y el “odio” a la autoridad” nace de las reglas impuestas por la sociedad para sacar al surfista del agua y meterlo de lleno en una cadena de producción industrial (para que deje de hacer el vago), recortando su libertad espiritual que por alguna razón ahora es normal perderla tras nuestra etapa adolescente.

De este modo a través de los años y para poder sobrevivir al sistema, el surfista del pasado ha tenido que ir regulando la única actividad que le hace sentir vivo y de esta forma poder comer.

Porque no te dejan pescar si no tienes licencia (que cuesta dinero), porque no puedes talar un árbol para hacerte una tabla porque necesitas un permiso (que cuesta dinero), porque no puedes hacer un trueque y cambiar el pescado que pescas por una oveja para hacerte la ropa, porque existe un procedimiento legal llamado transacción de bienes entre personas físicas que debe ser aprobada por un funcionario público (que cuesta dinero)…

Así que al final el hippie de los 60 se come el orgullo y decide (por sí mismo) pertenecer al sistema, encuentra un trabajo, se compra una casa, unas tablas nuevas de -Bobby ¿cómo se llamaba esto?Fibra de vidrio, pesa menos, flota más. ¡Tecnología punta, el futuro!

Cool Surf shop

Algunos abrieron una tienda de surf creyendo que así tendrían más tiempo para surfear

El surf un acto puro antes, ¿y ahora?

Hasta aquí todo nos parece razonable, al final hay que comer, el medio ambiente no puede sustentar más tala de árboles, algún sitio donde pueda venir la policía a detenerme si cometo un delito, hasta una cuenta bancaria para que no me atraquen de camino a casa después de cobrar, es decir, el sistema y sus fallos.

El problema es cuando, al ver que el sistema tiene fallos, y como ya pertenecemos de forma activa a el sistema vamos a coger lo que nos quedaba, (que estaba fuera del sistema, que antes de hacerlo seguíamos una liturgia perfecta, como si de una nueva religión se tratase, y después nos pasábamos horas y horas hablando en un lenguaje incomprensible para el sistema sobre nuestra actividad de fuera del sistema) el surf y lo metemos dentro del sistema.

Aquí se derrumbó todo, el problema no fue la expansión del surf, si no la gente que no interiorizaba que el surf era un acto puro y limpio al que uno debía mostrar todo el respeto que pudiera. Muchos pensarán que esto último es propio de un loco, son estas personas a las que hago alusión.

Fanfi Surf shop

Te venden una libertad ficticia para encadenarte más al sistema

El surfista de pacotilla

Son esas personas que hablan más de su tabla que de las olas que cogen con ella.

Que sacrifican un “swell” de metro y medio con viento off shore sobre fondo de rocas en aguas cristalinas con un periodo de 10 segundos porque hay una fiesta “surfera” la noche anterior en el bar de enfrente donde nos retratan en un “photocall” ambientado en una playa en Hawaii de la costa sur de Oahu.

Estas personas inflan el mercado de las tablas de surf comprándose camisetas de grandes marcas del sector (de las que podría rajar mucho más), provocando en el surfista 8 horas más de trabajo semanales para poder subsistir (8 horas menos de surf).

Porque se le ha partido su tabla por la mitad, pueblan las orillas con su pánfila actitud sobre los que nos metemos en días de lluvia y frío y que casualmente estamos en ese momento el agua (las olas perfectas de metro y medio, por la mañana), y dejan comentarios como –No ha aprovechado bien la última sección de su ola- para quedar bien con la rubia de turno (que también lleva una gorra de una conocidísima marca de surf) mientras tira el envoltorio de la barra de proteínas que se acaba de zampar.

Luego, cuando ya se le ha pasado la resaca, este “surfero modelo” se mete en el agua, casi al atardecer (cuando ya ha rolado y el mar ha bajado un metro) y deja una bonita foto en su “Instagram” con el sol tocando el horizonte y él en el agua.

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¿Cuántas tablas de surf tiene que tener el surfista “moderno”?

El fanfarrón de Madrid

Si estás en la península estarás pensando, seguro que éste imbécil es madrileño, y efectivamente, el 80% de los madrileños hacen estas fanfarronadas.

Lo que más me cabrea de todo es que yo soy madrileño y por culpa de esta gente cuando me meto en una playa de la que no soy “local” (tras casi 15 años surfeando en la misma playa, cuando tienes la oportunidad de ver el mar, te permites la locura de llamarte local), pero de la zona (no más de 20 km) tengo que esconder mi acento madrileño para que me traten de forma normal.

Porque entiendo a los locales, todas las semanas en verano me veo obligado (moralmente) a limpiar la mierda que dejan los turistas en la playa, y tras ver escenas como la que describí más arriba, cada vez que conozco a alguien de Madrid suelta la retahíla de comentarios típica

-Me ha contado Kike que haces surf, yo también, bueno alquilo desde el verano pasado una tabla con unos colegas, pero es genial, porque luego hacemos una fiesta en la playa y le metemos mano a las chicas que conocemos allí, a ver si me dices donde haces surf nos metemos en el agua un día-

Me hierve la sangre, me hierve porque me doy cuenta que los anuncios de Nivea, las películas horrorosas americanas y el rubio de camomila se ha apoderado de aquello que era tan puro y limpio, y encima tengo que esconder quien soy porque no quiero que me identifiquen con esta pobre gente que está más equivocada que Federico Trillo en Irak.

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Y vuelves a la tienda de surf, a mirar esos objetos de deseos que son necesidades que te ha creado el sistema

La solución: ¿Una escuela de surf?

Si te sientes identificado con el tipo de persona que he descrito, no te preocupes, tiene solución, todo pasa por apuntarse a una escuela de surf, hacer un cursillo de una semana (donde además de enseñarte “el mundo de las preferencias” te quedará claro que la costa no se mancha, que el mar es impredecible, que debe ser respetado y casi adorado al mismo tiempo), poner tu máxima atención a todo, probablemente, será poco, pero teniendo en cuenta que vives en Madrid tampoco importa mucho.

Si te interesa saber más, apúntate durante dos semanas y así hasta que tu profe te diga no hace falta que hagas el cursillo de iniciación ¿quieres unirte al grupo de avanzados?

Yo no sé si me puedo llamar surfista, pero tengo muy claro que no soy surfero.

 

De la libertad del Surf a las cadenas de las marcas.

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