La tabla

Todo empezó el nueve de Febrero de 2020. Soy Adam Johnson, surfista de olas grandes, nací un 4 de julio de 1996 en California.

Me crié en una ciudad pegada a la playa, casi aprendí primero a surfear que a andar en bici. Mi padre Alen Johnson es el que me enseñó y tansmitió esta pasión que hoy por hoy, es mi compás y mi camino. A los diez años surfeaba todo tipo de olas pero mi alma me pedía más.

Me atraían las olas grandes y empecé un duro entrenamiento. Poco a poco tenía más confianza conmigo mismo, volaba entre sus alas y despertaba entre sus ganas y mi paz.

Esa confianza hizo que Billabong y Rip Curl se fijaran en mí. Pero no quería ser parte de las grandes marcas, ni ganar campeonatos, yo solo quería alcanzar estrellas en el aire y surfear olas grandes.

Nunca había salido del país pero me ganaba algo con los campeonatos regionales y nacionales. Por mi cumpleaños mis padres me regalaron el mejor de mis sueños, un viaje a la mejor ola del mundo. La única que en su boca encuentro la rebeldía más rebelde, la única que su libertad va con mi suerte, la poderosa Teahupoo.

teahupoo

La ola más mortal del mundo

A la pocas semanas, la gente decía que era una bendición verme esas bajadas, sin titubeos. Se corrió la voz como la pólvora, todo el mundo iba a la playa a verme y decían que sería el mejor surfista de olas grandes del mundo. 

Mi gran sueño era Teahupoo y no quería ir hasta que llegara la semana perfecta, grande y colocada.

El 9 de Febrero del 2020 llegó el tan esperado día, allí estaba frente a ella, desafiando mis ganas.

Sin pensarlo me tiré al agua, no estaba como yo deseaba, pero con el primer beso me dejó caminando sobre el dolor descalzo, la tabla rota y el brazo con su logo bien plasmado.

Mi padre estaba con las manos en la cabeza y el corazón en un puño, me sacaron con la  moto y directo al hospital. Tuve suerte o eso creía.

TEAHUPOO-OLA

Salí con la oscuridad de mis sueños, de sus cadenas

Me podía más el corazón que la cabeza, estaba como un trapo y con las grapas en el brazo volví a su corazón de hielo. No tuvo piedad y me volvió a sacudir rápido, brusco, la tabla rota y la moral por los suelos.

Parecía una pesadilla que volviera a rechazarme así, con ese descaro. Solo me quedaba una tabla y esos besos ricos que anhelaba darla.

Me fui al hotel como alma en pena, pensando en mi mala suerte y cuando abrí la furgoneta me habían robado mi última tabla, mi última oportunidad de conquistarla. ¡¡No me lo podía creer!!

Llamé a la policía y me dijeron que lo olvidara, no iba a aparecer nunca. Los fantasmas del pasado me comían por dentro. En ese momento solo pude llorar, de impotencia. Me habían robado mi sueño.

Teahupoo

Donde comenzó mi sueño

Uno de los policías conocía un shaper. Su voz titubeante al nombrarle, no me dió buena sensación pero antes de quedarme sin corazón, corrí en busca de su ayuda.

Llegué al taller y parecía que estaba cerrado, abandonado, abrí la puerta y una voz bronca  me dijo:

¿Qué andas buscando a estas horas?

-Una tabla para surfear Teahupoo, le contesté. Me clavo la mirada y me dijo que ese deseo constante de quererla tanto me iba a matar.

-Cierra la puerta y vuelve mañana.

Sentí escalofríos en el alma y en la piel, pero solo me quedaba resignarme y volver al día siguiente. Nunca imaginé el camino que me esperaba.

Me mandó cortar una palmera y llevársela. Empezó a darla forma con sus manos duras de arañar el tronco, las quillas eran de madera, no daba crédito a lo que veían mis ojos, estaba tan decaído que no veía la verdadera lección que me enseñó.

No se trataba de volver a verla, se trataba de verme volver. Me calló la voz del alma, fue la cura de mi vanidad.

 

La tabla

La cura de mi vanidad

Tardé unos días en rescatar las respuestas que el anciano me dio, pero sentía que el adiós estaba presente, una vez más, rodeado del misterio del saber que pasará.

Decidí entrar al patio del colegio sin el timbre del recreo, tenía el alma tiritando, llegó mi ola, ella tenía el ritmo y mi tabla el sentido, la cabalgué como un vaquero del viejo Oeste.

Me adentré en lo más profundo de su ser, olvidándome de soñar, de respirar ese beso bajo el agua. Todo la gente enmudeció, no había tiempo, ni oxígeno, se esperaba lo peor y salí con la oscuridad de mis sueños de las cadenas de su spray, borrando todas las dudas.

Nunca pensé salir vivo de esa experiencia con la tabla de aquel anciano. Podía a ver llorado un mar de lágrimas saladas pero el alma solo entiende de emociones.

Ya de eso han pasado unos años. Ahora soy el mejor surfista de olas grandes del mundo y en la maleta del alma, sigo surfeando con la tabla de madera.

La tabla.

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