No sabía que nunca regresaría

Fotos_ MAGT

Palabras_ Miguel Gomá

“El Devorador de Sueños”


Manuel madrugó aquella mañana de verano. Como casi todos los días de faena, cogió su impermeable azul marino, su gorra de marinero y besó con suavidad los bonitos labios de Rebeca.

Era una mañana soleada, de suaves brisas terrales. Cerró la puerta con cuidado y caminó hacia el puerto. El ruido fue muy tenue, aún así, Rebeca se despertó.

Corrió escaleras abajo, se vistió como pudo y salió detrás de Manuel. Le alcanzó ya casi en el malecón del Sur. Le abrazó con fuerza.

  • No te vayas, cielo.
  • Volveré, te lo prometo, tú prepara la boda, cuando regrese, en unos días, nos casaremos.
  • Te estaré esperando, cada día, en el puerto.

Y le besó en los labios, un beso cálido, de esos que recordarás para siempre, al que quieres volver con premura.

Ella levantó su mano despidiendo a su amor, él la miraba apoyado en la amura de la embarcación.

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Y las olas nunca se lo devolvieron

“Un Amor Frustrado”


Dos días más tarde llegaron los vientos huracanados, Todos corrieron a cerrar puertas y ventanas, las olas parecían envenedadas.

Rebeca, agarrada con fuerza en al asta de la bandera del puerto, miraba el horizonte encrespado.

Su hermana y su madre tiraban con todas sus ganas de sus brazos. “Vuelve a casa, que te va a llevar el mar” y ella gritaba en el viento el nombre de su amor perdido.

Al día siguiente, vestida de blanco, como si fuera a una boda, buscaba respuestas en la playa, entre los malecones, alguna señal de “Victorioso”, el nombre del barco en el que zarpó Manuel.

Ni un trocito de madera, ni una camisa flotando, ni un trozo de red abandonada. Todo, incluso las palmeras, se lo llevó el vendaval de la noche pasada.

Desde aquel día, Rebeca bajaba todas las mañanas, vestida siempre de blanco, porque así, si algún día volvía Manuel, la reconocería.

Empezaron a murmurar en el pueblo que estaba ida, la llamaban la loca del muelle. Siempre que el mar sonaba con bravura, más arriesgaba su vida, tratando de descubrir algo que le devolviera a su amor, entre las olas perdidas que llegaban a la costa.

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Sólo las olas perdidas son testigos mudos de lo que la mar se llevó aquel día

“Un encuentro que llegó al corazón”


Los años pasaron, la mar seguía sin devolverle a Manuel. La loca del puerto de San Blas, así la llamaban en silencio, para que nunca les oyera, seguía buscando entre las espumas y más allá de ellas, y cuando veía un barco a lo lejos le daba un bote el corazón. Ahí vuelve Manuel. – Pensaba.

Una vez, trataron de llevarla a un manicomio, pero muchas familias perdieron a alguien aquel día, así que todos, ayudaban en lo que podían.

Le llevaban comida cuando pasaba días enteros sentada mirando el horizonte. Y un viejo tejedor, la sentaba a su lado.

Y juntos tejían trajes para muñecas. Y así pasaban los años y así se le escurrió la vida.

Un artista de vacaciones, recorrió los callejones estrechos de Nayarit, la localidad de Manuel y Rebeca, a finales del siglo pasado.

Por casualidad pasó por delante de un pequeño comercio donde hacían de forma artesanal trajes para muñecas. Y le llamó la atención una mujer que cosía vestida con un traje de novia.

Como si fuera a casarse al día siguiente.

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Olas perdidas que llegan desde mar adentro

“La historia vendió un millón de discos”


Aquel artista preguntó por aquella dama de blanco, porque, al atardecer, la vio de nuevo correr por las arenas de la playa, oteando el horizonte salado.

Y a la mañana siguiente, la dama de blanco, en el espigón que más se adentraba en el mar.

Las olas vacías de historias, llegaban a la costa, y nadie supo jamás que le paso a Manuel y al resto de la tripulación.

Pero Rebeca. Nunca dejó de bajar al muelle y recorrer la playa. Una historia que se repite en muchos pueblos marineros.

La letra de la canción, basada en el relato de Rebeca, vendió un millón de discos. Muchos oímos la canción, pocos preguntaron quién era la loca, que dejó que sus pies se enraizaran en las rocas del muelle.

Quién era la dama que llenó su mirada de miles de atardeceres. Quién era la dama a quien los cangrejos mordían, su ropaje, su tristeza, su ilusión.

Y los amaneceres, se anidaron, miles de ellos, en su pelo y en sus labios.

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Y nunca la mar le devolvió a su amor

“Cenizas al viento”


La historia corría durante los años 90. Hace unos pocos años, Rebeca se marchó para siempre.

Quizás esté en alta mar buscando todavía a su amor desparecido. Sus cenizas se esparcieron entre las olas que un día se llevaron su ilusión.

En Nayarit, decidieron hacerle un monumento a Rebeca.

Cuando paseaba sacando panorámicas de las olas perdidas del Puerto del Roque. Me topé con la estatua de una mujer oteando el horizonte.

Bajo sus pies rezaba la frase: Monumento a los marineros. Unos días más tarde, ví otra estatua parecida en otro puerto pesquero, la frase contaba: Monumento al Pescador.

Cuando me senté a desarrollar este Enfoques, donde sólo iba a plasmar imágenes de olas bonitas, recordé la película, “La Tormenta Perfecta”. Al final, corrían, como los créditos, cientos de nombres de marineros desaparecidos.

La mar se lleva lo que quiere. No entiende de amores, no entiende de besos fundidos ni de abrazos ardientes.

La historia de Rebeca, fue un éxito musical

“Olas Perdidas”


Todas las olas, todas, son olas perdidas. Vagan por el inmenso océano, y terminan muriendo en las costas de nuestros sueños.

Nuestros sueños, porque la mayoría de los que leen estas letras, soñamos con olas perdidas, solitarias, perfectas que rompen en una cala secreta.

Si hablaran, contarían millones de historias, de calamares gigantes, de cachalotes y ballenatos, de grandes navíos, y de muchos naufragios.

Pero sólo se las oye cuando se enroscan en su último aliento. Y es paradójico, que el fin de ellas, es el momento que más anhelamos.

Porque hay millones de almas que disfrutamos ese momento final con tal sentimiento, que sólo nosotros entendemos y que no se explica con palabras.

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Muchas veces sólo farolas y malecones son testigos de su belleza

“La Puntilla”


Antes se llamaba el Puerto del Roque, ahora es el Puerto del Cotillo. El principal, nace de una pequeña playa y salir de él en días de temporal es complicado.

Sus calles, ahora bien arregladas, pues ya se vive del turismo y últimamente del negocio del Surf, siguen siendo angostas y oscuras, pero muchas terminan mirando al mar.

A la derecha del muelle, baila una dama esbelta, caprichosa para los surfistas, porque necesita una dirección adecuada, un viento que la peine y una marea perfecta para que escupa bonitos tubos.

Los primeros en surfearla fueron ingleses. Como no, ellos fueron los primeros aventureros en descubrir los sabores de las islas.

Su nombre antiguo es Spew Pits. Traducido literalmente es pozo de vómitos. Supongo que le pusieron ese nombre por los sifonazos que da la ola al final de su tubo.

Recuerda un poco al Confital en Gran Canaria. Bajada serena, y luego recoge de golpe en la baja. Un tubazo de los que te muerden el pulso, así corre más deprisa.

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Detrás del pinar marino, entre sus hojas, al fondo, un ángulo más

Para un fotógrafo, siempre hay lugares mágicos donde la luz dibuja colores sorprendentes. La Puntilla es una ola que da muchísimo juego.

Hay miles de ángulos donde puedes obtener una buena imagen. Las calles por donde sólo corre el viento y algún guiri perdido, invitan a soñar imágenes y composiciones únicas.

El roque que se adentra en el mar y cuya cima coronan postes de madera unidos por cuerdas de esparto. El muelle desde donde los pescadores destripan viejas y sargos.

El pinar de costa, la arena amarilla, o la lava del arrecife negra en marea llena, castaña en marea vacía, conforman una paleta llena de olores y colores que pueden mezclarse de forma infinita.

Y luego el verde turquesa del labio de la ola.

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El Pecas es uno de los habituales cuando se dan las condiciones

“El que busca siempre encuentra”


Buscaba imágenes que acompañaran la historia de los pescadores que arriesgan sus vidas en la mar.

Y encontré una carpeta de imágenes que ya no recordaba que estaba ahí. Las fotos son de hace 3 inviernos, algunas se publicaron en su día. La mayoría estaban escondidas.

la carpeta ponía “PUNTILLA”.

Los surfers somos de una raza aparte, caminamos entre los humanos, pero los miramos desde arriba. Es el ego subido al creernos que estamos por encima de los que desconocen el “Feeling”.

Realmente no es así, sólo hemos descubierto un sentido a la vida poco habitual al del resto. Muchos hacemos que todo gire en entorno al Surf, y unos pocos, consiguen vivir de las olas.

Las imágenes de El Pecas, Marlon Lipke, Artiz Aranburu, Tom Lowe, Benjamín Sanchís y Lazi, que siguen bajo estas líneas, fueron tomadas un cálido mes de enero, (o a lo mejor fue febrero).

Aritz Aranburu se hinchó a tubos (secuencia) 

Faltaba poco para que se desfasara la ola. Aguanta hasta el metro y medio, quizás hasta casi los dos. Pero llega un tamaño que ya rompe fuera, y no coge bien la baja .

Entonces sólo llega espuma rota y no sirve. Pero con el tamaño justo los tubos están asegurados.

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Sancho los hizo de pie, agachado, a contrapico…

Benjamín Sanchís, no suele faltar a la cita. Se ha enamorado de las olas majoreras y junto con Tim Boal suele pasar meses en esta tierra de cabras, Sol y arena.

Cada año descubren una nueva ola que les engancha. Las costas canarias guardan secretos que sólo los locales saben. Pero hay muchos que no sabe nadie.

Descubrimos picos nuevos cada año. Este, ya no es un misterio. Pero sólo es apto para los que les gusta la adrenalina.

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El Pecas, sabe trabajar los tubos como nadie.

Nuestro trotamundos. Pecas, vino de la Gran Canaria, antes pasó por Tenerife. Ha catado las mejores olas del archipiélago.

Vino hace dos años de Hawaii. Le pregunté, ¿qué tal las olas? “Que se las queden, pa ellos. Como Canarias no hay nada igual”. Me dijo con risa burlona.

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Bajo la sombrilla, los pescadores destripan el pescado mientras caen olas perdidas.

Justo bajo el espigón, hay una mesa de madera. En ella, ponen los marineros el pescado recién cogido esa mañana.

Encima de la mesa, a la derecha, hay una decena de restaurantes, con vistas a la ola, puedes sentarte y mirarlas morir. Mientras, el camarero te sirve unas lapas, o una fritura de pescado fresco.

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Aritz Aranburu, caminando entre olas perdidas

Quizás Aritz conoció a alguien, que le preguntó antes de nadar hacia ellas. Mira a ver si entre sus espumas, encuentras el recuerdo de un marinero.

Seguramente, si ese muelle fuera San Blas, Aritz hubiera conocido a Rebeca. Sabría su historia. Pero seguro que conoce otras, igual de dramáticas, igual de tristes, igual de amargas.

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Mil sitios donde robarle un instante al tiempo.

Callejuelas estrechas que van a parar al mar. Y desde ellas, las ves llegar. Un millón de olas perdidas.

No tiene perdida, déjate llevar, el olor a marea vacía, el sonido del agua al tronar.

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Lazi, su cara lo dice todo.

Es más canario que el gofio. Nació de padres extranjeros, pero dice “chacho” y “calufa”, aunque su nombre y sus apellidos parezcan de otro planeta.

He fotografiado a muchísimos surfers, pero no recuerdo a ninguno sonriendo dentro de un tubo.

Creo que Lazi es el único surfer que conozco que disfruta de verdad de la habitación de cristal.

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Ellos corretean sin saber que mueren con tal perfección.

Rebeca, seguro que las ha visto perfectas, rompiendo sobre las rocas donde esperaba un trozo de algo que avivara su esperanza.

Si no es por las fotos que guarda, la cara de Manuel, hacía ya mucho que se le hubiera borrado de su memoria.

Esta imagen hará que recuerdes siempre, como es la forma de ella, de esa que rompe perfecta.

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Lazi, ¿existe un surfer más feliz?

Otra vez el chico de la sonrisa perpetua. No hay un tubo sin una sonrisa. No hay sonrisa si no es dentro de un tubo.

Mañana, volverán las olas, a veces estamos atentos al parte, otras, el viento cambia de repente, y cae perfecto. Y no hay nadie en el pico, sólo un fotógrafo que pasaba por allí y su cámara fue el único testigo.

Aritz Aranburu otra vez dentro de una ola perdida (secuencia)

¿Les dije que Aritz se había hinchado a coger tubos?

Probablemente vuelva este año. Aritz triunfa siempre que viene. Tiene una lectura muy buena de esta ola.

amor

Paredes que guardan recuerdos

En el mismo paseo donde la estatua mira eternamente a la interminable superficie azul y blanca, se halla una pared llena de recuerdos e historias, de botes de pescadores, de artes y de nasas.

Y debajo de las fotos, en madera pintada, está crucificada una palabra. AMOR, quizás Platón tenga razón y en la vida no hay más sentido que el que engloba esa expresión.

[Que difícil es escapar de las noches que el no está, no hay un solo día que ella quiera volver, no hay más gritos que ese mar, vida que arranca cobarde, que lucha, que sueña y perderá.

Los silencios nunca quieren ser los que guardan tanto que perder, ahora toca entender que hacer sin sus abrazos. El destino tiene miedo a saber donde parará su amor. Solo el aire de ese mar, le dará lo más difícil de tener, de saber y de sentir.]

[Lo que pasó en ese puerto no es teoría, son pensamientos que atraviesan nuestra piel.

” Devuélveme el trozo de tí, ese que prometíste que volvería”. “Que me castigue el cielo si no estás”. No lo interpretó como debía.

El destino caprichoso se llevó lo que más amaba, dejando una sensación de locura extrema. Ese día murió su alma con él.

Ahora toca entender, que unas veces nos da la vida y otras nos la arranca con un dolor bailando lento, en nuestro pecho.]

[ Por Ylenia]

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Olas perdidas.

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