SEPTIEMBRE, 2019

Textos: MAGT

Remontaba el pico, las olas estaban gorditas, pero bien puestas, todo en su sitio, entre tres o cuatro metros de alto si las medimos por delante. Glassy, una gozada.

Pero vino una serie un poco más grande y desfasada, la espuma lo llenó todo, hice una cuchara y la espuma me golpeaba y zarandeaba de un lado a otro.

Cuando volví a la superficie, venía una más grande. Al principio creía que podría rodearla, pero según se acercaba crecía y crecía. La ola se llenaba de las espumas de la serie anterior. Ya no era una ola de 5 o 6 metros, aquello era un coloso de más de 15 metros.

El corazón empezó  latir con fuerza, pensé: ” Tranquilo, tranquilo, respira dos o tres veces y llena de aire los pulmones”. Pero justo cuando me iba a sumergir, la ola ya era tan grande que sentí que eran mis últimos momentos de vida.

Todo viaje empieza en un aeropuerto…

El viaje de mi vida

Alguien empezó a agitar mi hombro con su mano, en la oscuridad del revolcón más grande de mi vida, abrí los ojos y la azafata me decía que me pusiera el cinturón.

  • Estamos en un área de turbulencias. Decía la azafata.

Me restregué los ojos, y volví a la realidad. El avión hasta las tachas, lleno de pasajeros. Y yo de camino en medio del Atlántico hacia Canarias. Y el sueño, la pesadilla, supongo que es típico que cualquier surfer tenga sus miedos, siempre se enfrentan a algo que está fuera de su control.

La primera vez que vi el surf, fue en la revista que llevó Jorge a clase. Entonces sólo tenía 14 años, y en Madrid, en pleno mes de junio, con un verano que se había adelantado más de lo normal, descubrí que se podía caminar por encima de ellas. 

  • ¿Cómo lo hacen? Pregunté a Jorge.
  • Parece sencillo, pero el verano pasado fui con mis padres a Cantabria e hice un curso. No es fácil, y encima es “carete” hacer un curso.
  • ¿Por qué fuiste a Cantabria, hay buenas olas para hacer surf?
  • Si, y en verano son pequeñas y fáciles para aprender. Lo primero que tienes que saber es ponerte de pie encima de la tabla.

Esa fue la primera vez que oí hablar del surf. Para un madrileño, el surf era un deporte que se practicaba sólo en paraísos de playas de arena blanca con cocoteros que se adentran en el mar.

Desde aquel día me enganché a algo que nunca había sentido, y que sólo empezaba a descubrir gracias a algunas revistas viejas que coleccionaba el tío de Jorge o por medio de páginas webs especializadas en surf. Me sentía diferente cuando iba a clase, me sentía surfer, y todavía no había visto una tabla de surf en mi vida.

Ahorrar era mi propósito a partir de ese momento y mi destino, un paraíso asequible, a poco más de dos horas en avión, y sin tener que cambiar de moneda, ni de idioma. Empecé a soñar con Canarias. 

Mis libretas empezaron a llenarse de fotos con olas perfectas rompiendo en las costas del paraíso canario.

Mis tardes pasaban viendo películas como Mavericks o Le Llaman Bodhi. Y tres veranos más tarde, me fui a Valencia. En el escaparate de una agencia de viajes había un cartel que rezaba: ¡Ven a aprender a hacer surf a Valencia! Y era más económico que ir a Cantabria.

Había una escuela de surf en Valencia. Lo que tenía que descubrir es si había olas en el Mediterráneo.

Y esa fue la primera vez que descubrí el olor de la parafina sobre las tablas de surf. Descubrí eso y como se remaba encima de la tabla porque olas, no vi ni una. Y eso que me levantaba cada día y miraba el horizonte durante unos minutos, porque me habían dicho que las olas venían de mar adentro. La tabla bailaba y se escurría debajo de mi barriga. No había forma de mantenerla recta, hasta que el monitor me gritó que cerrase las piernas.

Fue mi monitor quien me explicó como saber si habrá olas, además de enseñarme a remar sobre la tabla, y en qué páginas entrar para saber los pronósticos del mar para los próximos días en un área determinada.

Y dos años más tarde, en pleno agosto, con un calor que parecía que iba a derretir los sesos de nuestras cabezas, con 20 añitos recién cumplidos y con mis ahorros de camarero en el Mc Donalds de la Gran Vía gastado en dos tablitas del gran Slater, (que por cierto me salieron la friolera de 1890 euros), sin saber todavía ponerme de pie, compré mi primer billete de avión, con rumbo al paraíso de Canarias.

Y por fin llegué a Canarias.

Nunca había cogido antes un avión. Para el hijo de un panadero de un pequeño barrio a las afueras de Madrid cuya madre había abandonado cuando tenía sólo 3 años, era muy difícil salir de la capital y mucho menos comprar un billete de avión a ninguna parte.

Mi vida iba de la escuela pública a la panadería, de mi escritorio de hacer los deberes a la máquina de hacer masa para ayudar a mi padre, y a veces, trabajaba hasta las 5 de la mañana para que mi padre pudiera pagar el costoso alquiler de la panadería, donde dormíamos él y yo en un cuarto aparte.

Casi no recuerdo momentos felices en mi niñez, y cuando fui al instituto, empecé a soñar con abandonar esa vida, con escapar a otro lugar. A los 18, empecé a cubrir la baja de un amigo que trabajaba en una famosa hamburguesería situada en la pomposa Gran Vía de Madrid.

Y desde los 14 estaba loco con surfear olas como Pipeline o J-Bay. Me consumía en sueños despiertos en los que me zambullía en aguas cálidas y transparentes y surfeaba olas perfectas en algún lugar de Indonesia. Más tarde descubrí que el paraíso podría estar más cerca y Canarias se me antojaba el lugar perfecto donde, por fin, cumplir mis sueños.

Incluso me asocié a una revista local. RADICAL SURF. Y de ella se nutrían mi sueños, también mis pesadillas.

El paisaje era como me lo había imaginado.

El avión salía de la T-4. Viajaba sólo, y mi destino era una de las islas menos conocidas en Madrid. Fuerteventura.

Decidí ir a esa isla por los paisajes desérticos que me recordaba que iba a algún lugar perdido en África. Y la verdad, que todas las imágenes y fotos de surf que veía me atraían más que las que había visto de otra isla. Sus dunas y alguna página web que decía que el ambiente surfer era de lo mejor de las islas fueron las gotitas que hicieron que me decidiera ir a esa isla.

Yo nunca había montado en un avión, pero vibraba todo, incluso me tiró al suelo una revista que tenía abierta encima de la bandeja plegable. La pareja de al lado, me había tocado pasillo, no hacía más que besuquearse y al verlos tan contentos, pensé que el movimiento del avión era algo normal.

La impresión del despegue fue lo más parecido que había experimentado a la montaña rusa del parque de atracciones de Madrid.

Ya sólo quedaba una hora para tomar tierra. Mis pies no paraban de los nervios. Sólo quería correr entre las dunas de las fotos y llegar a una playa donde olas transparentes y turquesas rompieran suavemente en las orillas de sus playas.

Los surfers que aparecen en las fotos de arriba a abajo son: Yeray García, Mirko Manduka.

 

 

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